Papá Noël existe

Anoche, reunidos por el cumpleaños de mi nieto de trece años —quien, con una sonrisa cómplice y adolescente, ya conoce la verdad pero guarda el secreto como un rito de paso—, el aire se llenó de guiños y medias palabras. La razón: su prima pequeña, de siete, escuchaba entre nosotros, y había que navegar entre frases como quien camina sobre cáscaras de huevo… o sobre nieve frágil.

Entre bromas adultas que se cortaban a mitad, carraspeos repentinos y miradas elocuentes, todos bailábamos alrededor de lo no dicho. Y allí, mientras acariciaba al dormido cocodrilo de la billetera —guardián de billetes y también de fantasías—, me quedé pensando. O mejor dicho, me puse a elucubrar en voz alta, casi como un desafío cariñoso: demostrar, aunque sea por puro oficio de abuelo, que sí, que Papá Noël existe. Por ella. Por ellos. Y quizás, secretamente, por nosotros.

Los testigos

¿Existe Papá Noël? Pregúntenle a cualquier criatura entre los cuatro y los ocho años. La respuesta no es un simple “sí”, es un manifiesto completo, respaldado por evidencia anecdótica de primera mano: “¡Sí! Lo vi en el shopping, arriba del camión de bomberos y me dio un caramelo que mi mamá después me quitó”. La convicción de un niño es tan poderosa y contagiosa que, después de escucharlo, más de un adulto termina revisando si dejó las galletitas y la leche en la heladera… por las dudas.

Pero esta fe infantil no surge de la nada. Es el resultado de una campaña masiva, bien orquestada y multinacional para convencer a los más chicos. Y aquí no hablamos solo de padres inventando historias con el ruido de los tapones de la luz. No, señor. Esto va más allá.

Tomen, por ejemplo, a la archiconocida multinacional de la bebida negra y burbujeante. Ellos llegaron a ofrecer en 2017 un servicio donde, tras completar un formulario virtual, un Papá Noël de voz estéreo (pero sospechosamente similar a la del tío Beto) llama por teléfono al niño para felicitarlo. “¡Hola, Juanito! ¡Veo que te portaste muy bien en octubre!”, dice una voz que mezcla la calidez navideña con un leve acento porteño de doblaje. El escéptico de turno dirá: “Es un actor” o “Es una inteligencia artificial”. Pero, atención: esas también son solo suposiciones. En el tribunal de la creencia navideña, la palabra de un niño que juraría sobre su juguete nuevo que era él, vale tanto como el escepticismo del tío amargado. Estamos 1 a 1.

Desde la guerra fría.

Y luego está el caso que derriba toda teoría: NORAD, el Mando Norteamericano de Defensa Aeroespacial. Esta gente, que tiene satélites para detectar el lanzamiento de un misil intercontinental, lleva setenta años rastreando en tiempo real el trineo de Santa Claus. Su página web (www.noradsanta.org) muestra su ubicación exacta en Nochebuena. Piensen: la institución que oficialmente niega la existencia de ovnis en el Área 51, invierte recursos en seguirle el rastro a un señor con trineo y renos. ¿Defensa aeroespacial o marketing brillante? Da igual. El punto es claro: si el NORAD lo sigue, Papá Noël existe. Punto para los niños. 2 a 1.

Cine, TV, Supe8, CD, DVD, Streaming

Hollywood, la fábrica de sueños (y secuelas), es otra cómplice principal. Ha producido más películas sobre Santa que estrellas en el árbol. Todas con la misma moraleja: el cínico que no cree, termina abrazado al “ho-ho-ho” y creyendo en la magia. Otra prueba irrefutable. 3 a 1. Game over para los agnósticos navideños.

Historia documentada.

Aquí es donde la historia se pone interesante y le da un golpe de realidad a la fantasía. Porque todo esto, amigos míos, empezó con un hombre de carne y hueso: Nicolás de Bari. Nació alrededor del año 280 d.C. en lo que hoy es Turquía, y su vida fue tan extraordinaria que, siglos después, seguimos hablando de él. Obispo, heredero de una fortuna que repartió entre los necesitados, protector de los niños… Su historial de buenas acciones es tan extenso que habría necesitado un trineo solo para transportar su currículum.

Lo fascinante es que no es una leyenda sin sustento. Sus restos —o lo que la tradición indica que son sus restos— descansan en la Basílica de San Nicolás, en Bari, Italia. No es un secreto. Pueden ir. Pueden verlo. Las coordenadas, por si algún escéptico quisiera hacer una peregrinación de verificación, son: Latitud 41.1171, Longitud 16.8719. Ahí lo tienen, en Google Maps. Un punto preciso en el mapa que dice: “Aquí empezó todo”.

Así que, en estricto rigor histórico, Papá Noël existió. Fue real. Lo que ocurrió después es el mejor caso de re-branding de la historia. Cambió la austera túnica de obispo por un traje de terciopelo rojo con blanco —un upgrade que cualquier asesor de imagen envidiaría—. Intercambió su burro por un trineo aerodinámico tirado por renos voladores, con Rudolph a la cabeza como director de innovación lumínica. Delegó la fabricación de juguetes a una legión de elfos en el Polo Norte, con una posible sucursal en la Antártida gerenciada por Skipper, el capitán de los pingüinos de Madagascar, secundado por Rico y Kowalski, optimizando así la producción masiva con eficiencia y algo de caos calculado. Y lo más brillante: perfeccionó su logística de entregas para alcanzar cobertura global en una sola noche, un desafío que dejaría pálido al CEO de cualquier empresa de mensajería express (Dicen por ahí que marcos Galperín tiene espías trabajando para descubrir el secreto).

No desapareció. Simplemente se actualizó. Del anonimato de las monedas en los zapatos, a la espectacularidad de bajar por una chimenea. Del obispo local, al fenómeno global. Una evolución impecable, que demuestra que incluso los santos saben cuándo es hora de innovar… y de repartir alegría a escala planetaria.

Fundamentación y argumentación (¿algún abogado por acá?)

Entonces, ¿existe hoy? Después de mi exhaustiva investigación existencial (que incluyó leer textos sagrados, conversar con fieles de todas las religiones y escuchar a un tarotista que me dijo que mi aura era “navideña”), llegué a una conclusión.

Las religiones tradicionales, con todo respeto, suelen venir con manuales extensos: culpa, pecado, infierno, diezmo, prohibiciones sobre qué comer, cuándo y con quién. La historia está llena de contradicciones en nombre de la fe. Incluso algunos movimientos que predican pureza ancestral omiten detalles incómodos, como los menús antropofágicos de ciertos pueblos originarios (pobres Juan Díaz de Solís y compañía), o los sacrificios humanos de civilizaciones “superiores”. En nombre del amor, a veces, se ha hecho de todo menos amor.

Papá Noël, en cambio, es el mejor “creyente” que tenemos. No adoctrina, no culpa, no pide diezmo (solo leche y galletitas, y a veces eso también lo comparten los padres). Su mensaje es simple: “Portate bien, sé buena persona y puede que haya un premio”. Cambia el castigo divino por la esperanza de un regalo. No promete infiernos, promete bicicletas. Y en un mundo lleno de noticias grises, su figura es un paréntesis de alegría desafiante. Hasta una empresa nacional de bebidas –en un movimiento audaz– está haciendo campaña para quedarse con la imagen del gordo de rojo. ¿Qué nos dice esto? Que incluso las marcas pelean por asociarse a su mensaje de felicidad inocente. La creencia es tan poderosa que hasta el mercado quiere capitalizarla.

Veredicto.

Finalmente, mi evidencia definitiva, la vivencial: cualquiera que, como yo, se haya puesto el traje rojo (transpirando como en un sauna), la barba blanca que pica y haya balbuceado “ho-ho-ho” frente a un niño, lo sabe. Lo ve en los ojos que se agrandan, en el susurro tímido del pedido, en el abrazo espontáneo. En ese momento, por más ateo, agnóstico o científico que seas, Papá Noël existe. Se materializa en la ilusión compartida.

Así que, queridos escépticos: ustedes muestren sus evidencias de que no existe. Mientras tanto, yo seguiré creyendo. Y dejando las galletitas. Por si las moscas… o por si pasa el trineo.
Feliz Navidad.

Gerardo Cabrera

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