Repaso histórico con sabor a arepas, ron caribeño.
Si algo ha caracterizado la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina es su… ¿consistencia creativa? Dos siglos de intervenciones, doctrinas redescubiertas y operaciones peculiares nos ofrecen un catálogo tan vasto que, si fuera una serie de Netflix, ya tendría cinco temporadas y un spin-off. El reciente (y exitoso) intento de captura de Nicolás Maduro, justificado bajo el paraguas revivido de la Doctrina Monroe, es apenas el último capítulo de una telenovela geopolítica que mezcla tragicomedia, hipocresía y suficiente material como para un doctorado en ironía histórica.

Capítulo 1: La Doctrina Monroe, o “América para los americanos (del Norte)”
Nació en 1823, en plena efervescencia independentista latinoamericana. El presidente James Monroe, con la pluma temblorosa del secretario de Estado John Quincy Adams, declaró que Europa debería dejar de buscar colonias o interferir en los asuntos del “Hemisferio Occidental”. Suena bien, ¿no? Solidaridad entre repúblicas jóvenes. El pequeño detalle es que la frase “América para los americanos” fue interpretada, con el tiempo, como “América Latina para los intereses estadounidenses”. Primero fue un gesto defensivo (contra las potencias europeas); luego, un derecho auto-conferido a intervenir cuando Washington considerara que sus “intereses” o “seguridad” estaban amenazados. Fast forward 200 años: la administración Trump la resucitó no como una reliquia de museo, sino como un guion para justificar presiones sobre Venezuela. La ironía: una doctrina anti-colonialista convertida en herramienta de hegemonía. Puro reality show histórico.
Capítulo 2: El “bloqueo y bombardeo” de 1902-1903
El bloqueo naval a Venezuela por parte de Gran Bretaña, Alemania e Italia fue para cobrar una deuda externa. Estados Unidos, aunque no participó militarmente, observó con interés y reforzó su idea: si alguien iba a intervenir en el patio trasero, sería él. La consecuencia más duradera fue el Corolario Roosevelt de 1904, donde Teddy Roosevelt declaró que EE.UU. podía ejercer un “poder policial internacional” en la región si un país era culpable de “crónica mala conducta”. O sea, si no pagaba sus deudas o se portaba mal según el manual de Washington. Venezuela fue, así, el conejillo de Indias de la “diplomacia de las cañoneras”.
Capítulo 3: El “secuestro” de Maduro y el club de los líderes noqueados
La oferta de recompensa por la captura de Maduro (2020) encaja en un manual operativo conocido. EE.UU. tiene un historial de remover líderes incómodos, aunque los métodos varían:
- Manuel Noriega (Panamá, 1989): Invadido el país, capturado, llevado a Florida, juzgado y encarcelado. Un presidente-dictador (y ex aliado de la CIA) secuestrado en una operación militar directa.
- Saddam Hussein (Irak, 2003): Capturado por tropas estadounidenses, juzgado por un tribunal iraquí y ejecutado. La foto de su captura, desaliñado en un agujero, dio la vuelta al mundo.
- Osama bin Laden (Pakistán, 2011): Asesinado en una operación de comandos. No era un jefe de Estado, pero estableció un precedente de operaciones extraterritoriales sin consentimiento del país.
El patrón es claro: la justicia estadounidense se proyecta globalmente cuando le conviene. La novedad con Maduro fue ofrecer 50 millones de dólares por información que llevara a su captura, tratando a un presidente en ejercicio como a un capo del narcotráfico. Un guion digno de Hollywood, pero con una ejecución (hasta ahora) más propia de una comedia de enredos.
Capítulo 4: Las armas venezolanas que se fueron de paseo… y no volvieron
Aquí entramos en la tragicomedia doméstica venezolana. Bajo Hugo Chávez, con la nueva Constitución de 1999 y el cambio a República Bolivariana, se decretó la actualización de registros de armas legales. Los dueños debían llevar sus armas para “peritaje”. Muchas nunca fueron devueltas. Se habló de “trámites”, “retrasos”, pero el resultado fue un desarme ciudadano parcial. La paradoja llegó después: en momentos de tensión política, simpatizantes chavistas recibieron armas o entrenamiento para formar “milicias populares” en defensa de la revolución. Es decir: desarme selectivo para algunos, armamento selectivo para otros. Una política de seguridad nacional con un guiño de realpolitik intimidatoria. Las armas, al parecer, tenían dueños ideológicamente correctos.
Capítulo 5: Presos políticos y el caso del argentino: la nacionalidad como dato curioso
El tema de los presos políticos en Venezuela es oscuro y extenso. Destaca el caso del argentino Rodrigo Alberto, detenido en 2023 acusado de conspiración y terrorismo. Su nacionalidad subraya un fenómeno: la diplomacia venezolana usa a ciudadanos extranjeros en su narrativa de “conspiración imperial”. Otros casos, como el de los ciudadanos estadounidenses detenidos, siguen el mismo libreto: son presentados como pruebas de una injerencia extranjera, a veces con más teatro que evidencias sólidas. La nacionalidad se convierte en un elemento de propaganda, útil para negociaciones canje o para alimentar el relato del “asedio externo”.
Conclusión: Un circo con demasiados payasos y un guion repetido
La Doctrina Monroe, como un fantasma que sale del armario cada dos generaciones, nos recuerda que en política internacional los principios son elásticos. La historia se repite: primero como tragedia (el bloqueo de 1902), luego como farsa (la recompensa por Maduro). En el medio, un desfile de líderes depuestos, armas que cambian de manos según la lealtad, y presos cuya ciudadanía es parte del show.
Venezuela, por su parte, ha escrito su propio manual de supervivencia: desarmar a unos, armar a otros, y gritar “¡Imperio!” cada vez que suenan los truenos. Todo esto, mientras Washington busca, con mayor o menor torpeza, aplicar viejas recetas a nuevos conflictos. Al final, el único ganador parece ser la ironía histórica, que toma notas y se sirve un ron caribeño mientras espera el próximo capítulo. Porque, seguramente, lo habrá.
Cierre: La Respuesta argentina y el nacimiento de una doctrina rival
La historia no la escriben solo los que dan los golpes, sino también los que reciben y responden con ideas. Tras el bloqueo anglo-alemán-italiano a Venezuela de 1902-1903, una voz argentina clara e intelectual resonó con fuerza, dando forma al primer gran contra-relato latinoamericano a la Doctrina Monroe.
El canciller argentino Luis María Drago formuló en 1902 la Doctrina Drago, un principio de derecho internacional que declaraba, en esencia: la deuda pública de un Estado no puede justicar la intervención armada, ni mucho menos la ocupación territorial, por parte de una potencia extranjera.
Drago, con fina ironía diplomática, no atacó a Monroe directamente, sino que expuso la hipocresía del «poder policial» que se gestaba:
- Desenmascaró el pretexto: Separó el derecho privado (los acreedores) del derecho público (la soberanía). Afirmó que los bonistas no podían convertir a sus gobiernos en cobradores armados.
- Ofreció una alternativa civilizada: Propuso que los conflictos por deudas se resolvieran mediante arbitraje internacional, no con cañoneras. Esta idea sería la semilla de la Convención Porter de 1907 en La Haya.
- Expuso la paradoja: ¿Cómo podía Estados Unidos, que había promulgado la Doctrina Monroe para excluir a Europa, luego avalar (o no impedir) una intervención europea por una razón tan espuria como el cobro de deudas?
La Doctrina Drago fue el primer gran «¡Basta!» jurídico y diplomático de América Latina al intervencionismo. No detuvo las futuras intervenciones estadounidenses (de hecho, el Corolario Roosevelt de 1904 fue una respuesta más agresiva para «adelantarse» a los europeos), pero estableció un precedente crucial: la soberanía es un principio no negociable, ni siquiera por deudas.
Así, el episodio de 1902/1903 no solo fortaleció el brazo intervencionista de Washington (Roosevelt), sino que también catalizó el pensamiento jurídico soberanista de la región (Drago). Esta tensión entre el «policía hemisférico» y la «defensa jurídica de la soberanía» es el hilo conductor de los últimos 120 años. Desde entonces, cada vez que un político en Washington menciona a Monroe con nostalgia, en alguna cancillería latinoamericana, el espíritu de Drago enmudece con escepticismo y saca su mejor pluma para escribir la réplica. La historia, al final, es un diálogo (a gritos) entre doctrinas.
Si te gustó chiflame, en una de esas repasamos la historia desde otro punto de vista, o de oído..




