Adorni, otra vez la burra al trigo.

Necesitamos un alambrado en nuestro trigal

Desde que escribí la nota anterior, hace apenas un par de días, el mapa político argentino volvió a moverse con esa velocidad que solo generan los escándalos cuando golpean cerca del poder. En ese breve lapso, los descubrimientos en torno al patrimonio del jefe de Gabinete, Manuel Adorni, se sucedieron con una cadencia que ya no admite distracciones ni eufemismos.

Primero fue el dato de la compra, un departamento en Caballito de casi doscientos metros cuadrados escriturado en noviembre de 2025 por doscientos treinta mil dólares. Luego vino el detalle más revelador, el noventa por ciento de ese monto fue financiado mediante un préstamo hipotecario privado otorgado por las propias vendedoras, dos mujeres jubiladas que, según reveló un periodista, aseguraron no conocer al funcionario. Después la confirmación de que la propiedad había sido adquirida por esas mismas vendedoras apenas siete meses antes y, finalmente, el dato que terminó de desatar todas las alarmas, el valor de mercado de un inmueble con esas características en esa zona de Caballito duplica, al menos, el monto declarado.

No hace falta ser contador ni juez para entender lo evidente. Lo que está sobre la mesa es una operación inmobiliaria que, en su mecánica más elemental, desafía cualquier lógica financiera convencional, dos jubiladas prestan casi la totalidad del dinero para que un funcionario público adquiera una propiedad valuada a un tercio o la mitad de su precio real, sin que medie explicación alguna sobre la procedencia de los fondos ni sobre la relación entre las partes. Y todo esto mientras Adorni no vendió su anterior vivienda, su esposa escrituró una casa en un country en 2024 y las declaraciones juradas públicas siguen sin reflejar la totalidad de los bienes.

El desconcierto, entretanto, crece. Y no solo en la oposición, sino entre los propios seguidores del presidente. Hay una decepción que se vuelve evidente, un malestar que ya no se disimula con lealtades militantes. Porque si algo sostenía la narrativa de este espacio político era la promesa de una nueva política, una ruptura con las prácticas de siempre. Pero lo que hoy se despliega ante los ojos de todos es una coreografía demasiado conocida, propiedades que aparecen, préstamos de origen dudoso, declaraciones juradas que llegan tarde o no llegan y un funcionario que, cuando debe dar explicaciones, opta por el silencio.

A la hora de comenzar a redactar esta nota, los medios anunciaron que la conferencia de prensa que Adorni tenía programada estaba suspendida. ¿Qué puede contestar un ministro a simples periodistas con actitud de corsarios con dagas entre los dientes? Esa expresión, que alguna vez pudo sonar a desprecio, hoy resuena como un síntoma. El poder que se siente incómodo ante el control tiende a refugiarse en el silencio o en la escenificación. Y esta cancelación, leída en clave política, dice más que cualquier comunicado.

Hay, además, un dato que no puede ignorarse, los seguidores del presidente observan estos acontecimientos y los toman como una burda y trillada maniobra de la vieja política para licuar las declaraciones juradas. La paradoja es cruel, el espacio que llegó al poder con la bandera de la transparencia ahora enfrenta una crisis de credibilidad por la opacidad de uno de sus funcionarios más visibles.

La meteórica incorporación de propiedades de Adorni es, a todas luces, impúdica. Pocos empresarios en el planeta pueden mostrar un crecimiento patrimonial como el que algunos políticos argentinos, de distintos signos, exhiben desde que asumen funciones públicas. Y esto no es un dato menor, desde la recuperación de la democracia, los casos de políticos que necesitan más de un Oyarbide para justificar su enriquecimiento, o que optan por bajar el perfil y retirarse como aquel ex senador de Concordia, se han multiplicado hasta volverse un género en sí mismos.

Lo que diferencia este caso es la velocidad con que la justicia avanza. El fiscal Gerardo Pollicita ya solicitó medidas de prueba, oficios a registros de la propiedad y citó a declarar a la escribana que intervino en las operaciones para el próximo ocho de abril. En lo personal, que la justicia investigue con celeridad me satisface. Si un funcionario es corrupto, debe caer con todo el peso de la ley.

Pero lo llamativo, inevitablemente, es la comparación. El mismo poder judicial que hoy despliega una velocidad inusitada para investigar a Adorni suele tomarse años, décadas a veces, en otros casos igualmente o más evidentes. Esa asimetría no es menor. Alimenta la percepción de que la justicia, como la política, también aplica una doble vara según el color del investigado.

Una explicación posible se encuentra en el propio Poder Judicial. La Corte Suprema presentó hace apenas dos días un proyecto para reformar el sistema de selección de jueces, con un diagnóstico explícito, hay un deslizamiento progresivo hacia una creciente partidización en la designación de magistrados. La advertencia de Lorenzetti y Rosenkrantz apunta al corazón del problema, cuando los jueces llegan por cuotas políticas, las investigaciones también responden a lógicas políticas. La reforma busca, con evaluación objetiva, exámenes anónimos y audiencias públicas, romper ese círculo. Pero mientras tanto, la sospecha de que la velocidad en un caso y la lentitud en otro responden a intereses que exceden lo jurídico seguirá pesando.

La política, mientras tanto, se prepara para interpelar en el Congreso. Las noticias aseguran que hay más de cuatro mil ochocientas preguntas de legisladores para el ministro. Y aquí también aparece la doble vara. Legisladores de la oposición que otrora defendieron lo indefendible, que ejercieron una defensa corporativa de la política esgrimiendo excusas burdas para evitar el juzgamiento, hoy salen a pedir explicaciones. Y está bien que lo hagan. Pero la ciudadanía recuerda.

Porque el problema de fondo no es que unos hayan sido cómplices antes y otros lo sean ahora. El problema es que la lógica se repite. La misma Cristina Kirchner que hoy es denunciada por corrupción tiene un índice inusitado de crecimiento económico desde que se dedica a la política. Y el mismo Adorni que hoy enfrenta interrogantes sobre su patrimonio se presenta como referente de la nueva política, aquella que definía a sus contrincantes como corruptos.

La pregunta, entonces, es inevitable, ¿realiza Adorni las mismas burdas maniobras que sus contrincantes políticos? Al menos así los define él, como corruptos.

La suspensión de la conferencia de prensa no hizo más que profundizar el interrogante. Porque cuando un funcionario que construyó su imagen pública en la exposición permanente decide esconderse justo cuando debe dar explicaciones, el mensaje es claro. No hay respuestas porque no las hay. O porque las que existen no pueden decirse frente a simples periodistas.

El problema de la doble vara, aquel que describí en la nota anterior, no es solo un problema de hipocresía política. Es un problema estructural que corroe la confianza en las instituciones. Y hoy, el caso Adorni se convierte en una prueba de fuego no solo para el funcionario y su espacio político, sino también para la justicia, para la oposición y para el periodismo.

Si efectivamente hubo irregularidades, si Adorni ocultó información al presidente Milei, si el entorno presidencial reproduce lógicas que antes criticaba, entonces la coherencia interna del propio espacio podría volverse un factor de corrección. Es decir, que el costo político no venga de afuera, sino desde adentro. Esa sería, tal vez, la única vía posible para empezar a reconstruir credibilidad, aplicar la vara con la misma firmeza hacia los propios que hacia los ajenos.

Mientras eso no ocurra, la doble vara seguirá funcionando como un mecanismo de autodefensa del poder. Perpetuará el conflicto, degradará la calidad democrática y alimentará una certeza cada vez más extendida, que, en política, casi nada es verdaderamente grave cuando lo hace el propio.

Sin dudas, en ese juego, como sociedad, seguimos perdiendo. Necesitamos, como sociedad, poner un alambrado en nuestro trigal para evitar que la política lo arruine y se lo coma. Porque el horizonte de una Argentina mejor se diluye como espejismo sahariano cada vez que la burra vuelve al trigo.

Gerardo Cabrera

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