La doble vara y el arte de mirar para otro lado.

El debate público argentino padece una enfermedad crónica: la aplicación inconsistente de los principios. Lo que hoy resulta condenable, mañana se justifica según el color político de quien lo comete. Este fenómeno, conocido como “doble vara”, no solo evidencia hipocresía, también erosiona la confianza en las instituciones y profundiza una grieta que ya no separa ideas, sino lealtades.

La lógica es simple, pero profundamente perversa: no se juzga la naturaleza de los actos, sino la identidad de los actores. Así, asistimos a asimetrías permanentes en la exigencia ética. Lo que en un gobierno provincial es tolerado, en el nacional se convierte en escándalo; lo que en la oposición era un acto de corrupción imperdonable, en el poder se diluye en tecnicismos o se minimiza con un tibio “no es para tanto”.

Esta contradicción discursiva alcanza su punto máximo cuando quienes levantaban la bandera de la transparencia terminan justificando las mismas prácticas que antes repudiaban. En ese momento, la política deja de ser servicio público para transformarse en un ring, donde lo importante ya no es la verdad ni la rendición de cuentas, sino evitar que el adversario anote puntos.

En ese contexto, el kirchnerismo construyó durante años una liturgia del poder que hoy, con matices, parece replicarse en otros espacios. Aquellos púlpitos donde funcionarios y militantes ocupaban primeras filas para aplaudir y celebrar tienen su correlato contemporáneo, conferencias de prensa cuidadosamente escenificadas. Allí, el ministro Caputo al centro, la secretaria legal y técnica a su lado, y en una imagen casi cinematográfica, figuras como Santiago Caputo ubicadas en los márgenes, observando sin intervenir, pero formando parte del mensaje. La escena no parece pensada para explicar, sino para mostrar.

La puesta en escena importa tanto como (o más que) el contenido. Y en ese marco, la relación con el periodismo vuelve a revelar viejos hábitos: el desdén hacia quien pregunta, la incomodidad frente al cuestionamiento, el reflejo automático de descalificar. Ese gesto de reducir al periodista a un “simple periodista”,  no es menor, expone una concepción del poder que se siente incómoda ante el control.

Mientras tanto, la ciudadanía observa. Ya no con indignación plena, sino con una mezcla de escepticismo y cansancio. Mira de reojo, como quien ha aprendido a no esperar demasiado. Y esa apatía, quizás, sea el efecto más peligroso de todos, cuando la sociedad deja de exigir, la política deja de rendir cuentas.

En este escenario, la oposición enfrenta una disyuntiva incómoda,  insistir en que “son lo mismo” o demostrar que no lo son. Porque si opta por la equiparación automática, por ejemplo, colocando a Adorni al mismo nivel que cualquier funcionario previamente denunciado, termina cayendo en una trampa: la de nivelar hacia abajo y reforzar la percepción de que todos, tarde o temprano, juegan con las mismas reglas cuando alcanzan el poder.

La vara que algunos dicen sostener es alta, pero no todos parecen tener las piernas suficientes para saltarla. La cuestión de fondo es otra. Si, cuando no la alcancen, se les exigirá lo mismo que se exigió a sus antecesores, o si se activará, una vez más, el mecanismo de justificación.

Lo paradójico, y quizás lo único rescatable de este entramado, es que, si efectivamente hubo mentira, si Adorni ocultó información al presidente Milei, y si el entorno presidencial reproduce lógicas que antes criticaba, entonces la coherencia interna del propio espacio podría volverse un factor de corrección. Es decir: que el costo político no venga de afuera, sino desde adentro.

Esa sería, tal vez, la única vía posible para empezar a reconstruir credibilidad: aplicar la vara con la misma firmeza hacia los propios que hacia los ajenos.

Mientras eso no ocurra, la doble vara seguirá funcionando como un mecanismo de autodefensa del poder: perpetuará el conflicto, degradará la calidad democrática y alimentará una certeza cada vez más extendida: que, en política, casi nada es verdaderamente grave cuando lo hace el propio. Y en ese juego, como sociedad, seguimos perdiendo

Gerardo Cabrera

Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial
LinkedIn
Share
WhatsApp