En 1939, Benjamín Solari Parravicini garabateó sobre un papel lo que para muchos es una profecía:
«Nuevo sol. Nueva luna. El árbol seco de la Argentina sabrá de una era de nueva lluvia. Llegará hacia su suelo la bendición luego de luchas serias, de encuentros y desencuentros, de soberbios gritos y de gritos vencidos. Llegarán tres jefes y dirán. No serán, mas después serán en fuerza y verdad. Ellos llamarán al hombre a hacer y éste será. Él será un hombre gris.”

Con esa prosa profética, quebrada e ininteligible, cargó de ilusiones a muchos argentinos que creen en la llegada de un mesías salvador de la degradación y la corrupción. Tanto es así que, según cuentan, los políticos actuales preguntan con ahínco a brujos, videntes, tarotistas, lectores de manos, chamanes, psíquicos y cuanta persona se dedique al “arte” de la profetización: “¿Soy yo el hombre gris?”.
No sé qué respuesta habrán recibido. Pero la evidencia muestra —y demuestra— que, hasta ahora, cada uno de los que nos gobernó fue negro, blanco, rojo, violeta, fucsia o camaleónico. Pero gris, lo que se dice gris, ninguno. Más bien se los ve afectos al verde (dólar).
Estas profecías estuvieron siempre presentes en mis lecturas de pubertad. Pasaba horas con las revistas de Fabio Zerpa, “El triángulo de las Bermudas” de Charles Berlitz, o el descabellado “La Tierra Hueca” de Antonio Las Heras, mientras miraba en la trasnoche Flash Gordon, la vieja serie de los años 40. Sin dejar de lado las obras completas de Julio Verne, las aventuras de Mark Twain, hasta que una profesora del secundario me hizo leer a Ray Bradbury. (¡Gracias, profesora Socorro Barcia!).
Con los años, sumé autores y pensadores a mis lecturas. Desde los clásicos griegos y los enciclopedistas franceses, hasta Marx, Ayn Rand, Agustín Álvarez, Borges, Scalabrini Ortiz… sí, Beatriz Sarlo también (me disculpo por eso). ¿Y quién no leyó la revista D’Artagnan alguna vez?
La influencia de cada autor dejó, sin duda, una marca en mi intelecto, en mis ideas, en mi proyección. También en mi creatividad e imaginación. Eso le sucede a todas las personas: nos alimentamos y retroalimentamos de las obras a las que accedemos. Solari Parravicini no fue ajeno a esas influencias.
Algunos defensores de sus psicografías afirman que “es imposible” que alguien imaginara un perro en el espacio en 1938, dando esto como prueba última de sus poderes proféticos. Otros creemos lo opuesto: que el profeta argentino tenía conocimientos sobre los avances tecnológicos y la historia universal. Nacido en una familia acomodada, su educación fue buena. Al menos, intuía la ciclicidad de la historia por simple sentido común (aunque Nietzsche y Spengler se opusieran). Seguramente había leído a Verne —“De la Tierra a la Luna” es de 1865—, sabía que Von Braun era ingeniero aeroespacial en 1934, y se nutría de publicaciones de la época que deleitaban a los más soñadores con viajes extraterrestres. El ocio y la bohemia en que vivió Parravicini fueron, sin duda, el caldo de cultivo para sus excéntricos dibujos. Pero cada persona tiene la libertad de creer lo que quiera y expresar lo que piensa.
¿Será el hombre gris que miles de argentinos esperan un mito, una ilusión para paliar tanta desesperanza? ¿Vendrá a salvarnos? Si viene, ¿se animará a enfrentar tanta corrupción? ¿O acaso no hay corrupción? Las acusaciones entre gobierno y oposición son históricas. Unos lo dicen de los otros. Los partidos minoritarios, de los mayoritarios. Y hoy, hasta miembros del mismo grupo se acusan entre sí. A confesión de partes, relevo de pruebas. Fin.
Caminemos por el sendero de las suposiciones. En caso de aparecer, ¿qué características debería tener el hombre gris? ¿Un profesional experto en economía, leyes, matemáticas? ¿O sindicalista, empresario, comerciante, médico, industrial? Ya tuvimos de todo, hasta un brujo como ministro. Nada funcionó. Es que casi todo fue siempre blanco o negro: débiles democracias, dictaduras, democracias en manos de dictadores, gobiernos de “honestos” que incautan ahorros. Gobierno tras gobierno que hacen zigzaguear el destino de la República.
El movimiento pendular de la Argentina tiene que ver, sin duda, con ir del blanco al negro en cada cambio de gobierno. Sin llegar a ningún puerto, estamos a la deriva en un mar picado.
El piloto que nos saque de este angustiante brete debe saber guiar a la tripulación, contener al pasaje, calcular la trayectoria, registrar los eventos, saber contarlos, tener la medida justa de las cosas. Un poco de todo: una personalidad equilibrada con capacidades múltiples. Un hombre con mucho de negro, mucho de blanco. Un hombre gris.
¿A quién conocemos que contenga y profese los talentos técnicos y la sensibilidad social necesarios para esta tarea sansónica? Mis búsquedas terminan donde siempre: en una biblioteca, una librería o mis propios estantes. En un par de minutos, tuve en mis manos un viejo ejemplar de “El hombre que está solo y espera”, de Raúl Scalabrini Ortiz. Todo un espécimen poli-talentoso que supo formarse en una Argentina donde el mérito era entendido como tal, y se reconocía.
El autor nació en la provincia de Corrientes, ocho años después de la Revolución del Parque —aquella en que los ancestros políticos de los hoy pacifistas radicales andaban a los tiros, allá a fines del siglo XIX—. Su padre fue un inmigrante italiano, naturalista, docente, museólogo, escritor, fundador de escuelas y museos, y activo fomentador de la excelencia en la enseñanza. Su madre provenía de una familia tradicional paranaense.
Como tantos provincianos (me incluyo), se radicó en Buenos Aires para estudiar una carrera de grado: en su caso, ingeniería. Allí se relacionó con intelectuales de la época. Algunos nombran de paso a Macedonio Fernández, sin contar que este gran intelectual argentino, amigo del padre de Borges —escritor, poeta, ensayista y verdadero filósofo—, fue una influencia de retroalimentación y admiración mutua. Macedonio publicó en 1928 “No toda es vigilia la de los ojos abiertos”, con prólogo de su hermano del alma, Raúl Scalabrini Ortiz.
Por su parte, en 1931 vio la luz su segunda obra, “El hombre que está solo y espera” —de la que ya conté que tengo un ejemplar de 1941—. (Sugeriría al bestiario político que hoy administra el Estado –de todo el arco- que se tome un ratito para leerlo, y, si no le cuesta, que lo piense y medite sin sacar frases sueltas para sus perfiles de Twitter).
El ingeniero Scalabrini Ortiz, en su transformación a ensayista, periodista, pensador y político, se sumó en 1933 a lo que fue una intentona de revolución radical yrigoyenista. Fue frustrada por la torpeza de quienes construían bombas caseras que estallaron en sus propias casas —con voladura de manos incluida— y delataron los planes de tomar por la fuerza el gobierno e imponer veintitrés puntos socioeconómicos que espantarían a cualquier ser verdaderamente democrático. Eso, en realidad, lo alejó: una cosa era recobrar la institucionalidad; otra, reemplazar una dictadura por otra.
Sus trabajos antibritánicos y antiimperialistas, plasmados también en sus libros, los continuó publicando en Alemania. Algunos autores, sobre todo de izquierda, relatan su viaje a Europa como un exilio o destierro. Lo cierto es que se fue en 1933 y un año después ya estaba de vuelta.
A su regreso, alimentó intelectual y externamente a FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Juventud Argentina), una rama del radicalismo. Cuando esta se escindió del partido en 1940, pudo afiliarse. Es que Raúl no pertenecía a la UCR, ya que no compartía las ideas totalitarias impulsadas por la revolución yrigoyenista, ni las luchas intestinas —propias y características de ese partido—.
Lo usual es escuchar el nombre de Jauretche cuando se habla de FORJA, pero también la integraban Homero Manzi, Gabriel del Mazo, Luis Dellepiane —aquel que fuera ministro de Guerra de Yrigoyen y brazo ejecutor del primer pogromo de América Latina—, entre otros.
Sus conferencias y publicaciones en los cuadernillos de la agrupación fueron profusas. La temática: ferrocarriles y dominación colonial británica. En 1940 publicó “Historia de los ferrocarriles argentinos” y “Política británica en el Río de la Plata”. Cuento con ejemplares de ambos.
En 1943, FORJA apoya la Revolución del 4 de Junio, encabezada por el GOU, que depone al presidente Castillo. Scalabrini Ortiz se opone: sus ideales son democráticos. Se aleja de FORJA, que como grupo interactúa con la dictadura que, entre otros, tuvo como vicepresidente al coronel Juan D. Perón.
Nota al margen: durante la presidencia de Farrell, se universalizó el sueldo anual complementario con el decreto Nº 33.202 del 20 de diciembre de 1945 —116 días después de que Hiroshima fuera aniquilada por una bomba atómica—. Perón era uno de los firmantes del decreto.
La visión geopolítica y su profundo análisis social y económico le permitían a Scalabrini Ortiz armar un discurso didáctico, claro, fundamentado, con lineamientos para el desarrollo. Durante el gobierno democrático de Perón, acercó ideas y proyectos —entre ellos, la necesidad de nacionalizar los ferrocarriles, que aún estaban en manos de capitales ingleses—.
También, con sus dotes de ingeniero, diseñó y presentó un par de desarrollos de locomotoras de consumo eficiente y perfil aerodinámico. Si usted está pensando que la política argentina hizo caso omiso, está en lo correcto. A pesar de no aceptar cargos (sí, leyó bien: no aceptó cargos), y de brindar su apoyo al gobierno con ideas prácticas, ideológicas, morales y sociales, fue censurado.
“Durante la época de Perón me tuvieron con la boca tapada. Ni un diario me abrió sus columnas. Ni una revista. Ni una tribuna. Sólo alcancé a dar tres conferencias en un centro obrero, y Borlenghi lo hizo clausurar.”
*Ángel Borlenghi, ministro fuerte de Perón, fue acusado —y asumido—, entre otras cosas, de quemar una bandera nacional y de torturar opositores.
Scalabrini Ortiz, demostrando honestidad intelectual y fidelidad a sus principios, a pesar del silencio al que fue sometido, levantó su voz en contra de la Revolución Libertadora de 1955.
Dejó una veintena de obras, que van desde cuentos (1923) hasta obras político-técnicas (1965).
El ingeniero Raúl Scalabrini Ortiz evidenció una formación técnico-cultural propia de la época. La influencia de su padre, con exigencias y ejemplo, forjó un hombre de mérito.
Fue ingeniero y poeta. Ensayista y agrimensor. Político y honesto. Fue el blanco y el negro con que se constituye el gris.
Los radicales lo mencionan como propio; los peronistas, que era de FORJA. Pero él solo mantuvo convicciones que no son entendidas por obtusos de hoy ni de antes. Defendió el trabajo, el bien común, la democracia a rajatabla, el progreso técnico y la exigencia educativa.
Su conducta privilegió la libertad y se opuso a la construcción de regímenes totalitarios. Sí, era socialista, pero del formato “europeo sin España”, de esos que fomentan el trabajo, alejado de lo que hoy se conoce como populismo.
Fue ingeniero, escritor, filósofo, periodista, ensayista, poeta, historiador, pensador y agrimensor, con acabadas demostraciones de sus capacidades.
Hoy, cuando escucho a algún político ensalzar su figura, observo queolvida —o no sabe— de su lucha contra la dominación inglesa, y mantiene vínculos con supuestas ONGs dirigidas desde esos gobiernos. (eso lo dejo para otro artículo) Podrían leer a Norberto Galasso en “Raúl Scalabrini Ortiz y su lucha contra la dominación inglesa”, y sumar a eso toda su obra original, para aprender que se oponía a toda intervención extranjera.
Como revisionista de la historia, proponía revalorizar personajes ocultos por el relato impuesto por la oligarquía durante la centuria anterior. Revalorizar, no reemplazar.
Raúl Scalabrini Ortiz fue un hombre que hizo honor a la cultura, formado por esfuerzo propio y exigencia de sus mayores. El resultado fue un hombre capaz, íntegro. Una prueba de que las actuales teorías educativas están erradas. Perteneció a una generación de ilustrados que debe ser rescatada del ocultamiento que ahora les toca, a manos de los nuevos totalitarios.
No creyó en la magia de ociosos garabatos, ni en extraños proyectos de improvisados ególatras. Creían que se aprovechaban de él, tomando sus ideas y ocultando su nombre, cuando en realidad él, con generosidad, las obsequió.
Hace 80 años, se leía en los volantes de F.O.R.J.A.:
«En el territorio más rico de la tierra, Argentina, vive un pueblo pobre, mal nutrido y con salarios de hambre. Nuestra miseria se debe a que somos: una Argentina colonial. Hasta que los argentinos no recuperemos para la Nación y el pueblo el dominio de nuestras riquezas, no seremos una nación soberana, ni un pueblo feliz. Por ello queremos ser una Argentina libre de todo imperialismo extranjero, cualesquiera sea la ideología con que se pretenda encubrir nuestra explotación. Sin ello no podrá existir: libertad, democracia, justicia. Luche con nosotros para recuperar la patria para el pueblo».
Lo que nunca supo Solari Parravicini es que el hombre gris no estaba por venir. Fue contemporáneo suyo. Pero la Argentina, como siempre, lo dejó ir.
Libros de su autoría
(Bibliografía obligatoria para cualquier postulante a un cargo político)

- La Manga (cuentos, 1923)
- El hombre que está solo y espera (1931)
- Política británica en el Río de la Plata (1940)
- Historia de los ferrocarriles argentinos (1940)
- Los ferrocarriles deben ser del pueblo argentino (1946)
- Tierra sin nada, tierra de profetas (poesías y ensayos, 1946)
- Bases para la reconstrucción nacional (recopilación de artículos, 1965)




