Los peligros de tratar los libros como hojarasca
El debate sobre la derogación de la Ley 25.542 de Precio Uniforme del Libro no es, como algunos pretenden, una mera discusión técnica sobre competencia comercial. Es, en esencia, un debate sobre qué modelo de sociedad queremos construir y, más profundamente, sobre qué entendemos por libertad.

El gobierno argentino, autodefinido como libertario, propone una libertad que en su práctica cotidiana raya el individualismo más extremo. Una libertad entendida como ausencia de regulaciones, como capacidad de comprar y vender sin interferencias. Sin embargo, observamos una curiosa contradicción, el mismo discurso que exalta al individuo por sobre todo se detiene a festejar con fervor patriótico los logros de nuestros equipos deportivos, especialmente la selección de fútbol. ¿No es acaso el fútbol el más colectivo de los sentimientos? ¿No es la camiseta celeste y blanca un símbolo que nos convoca como comunidad, como pueblo, como nación? Pareciera que la libertad absoluta del mercado es deseable, pero la libertad de celebrar juntos también lo es. Y en esa contradicción subyace una verdad incómoda, el ser humano no es ni puro individuo ni pura masa. Necesita de ambos.
Del otro lado, la oposición con su discurso populista se aferra a la protección estatal como si fuera un salvavidas en un mar de desigualdades. Pero su mirada también es corta. Confunde mérito con herencia, esfuerzo con privilegio de cuna. Pretende igualar para abajo, nivelar por lo más bajo, como si la justicia consistiera en recortar las puntas sin elevar la base. Recuerdo las declaraciones de Alberto Fernández aquel día en que, con una soberbia digna de mejor causa, afirmó que los brasileños «salieron de la selva» mientras los argentinos «bajamos de los barcos». Esa no es defensa de los humildes, es la más cruel de las discriminaciones disfrazada de progresismo.
Ambos extremos, el individualismo libertario y el igualitarismo populista, yerran el camino porque desconocen la básica naturaleza humana. El ser humano no es un átomo aislado que busca maximizar su utilidad, ni es un engranaje de una maquinaria colectiva que debe ser nivelado por decreto. Es, en su esencia, un ser de relaciones, necesita del otro para ser, pero necesita también de su propia identidad y esfuerzo para crecer.
Para entender por qué la derogación de la Ley 25.542 afecta negativamente el acceso equitativo a la cultura, imaginemos una carrera de 100 metros.
En la línea de largada se presentan varios jóvenes. Todos tienen el mismo sueño, cruzar la meta. Pero no todos parten con las mismas herramientas. Uno tiene unas zapatillas comunes, compradas en el almacén del pueblo. Otro cuenta con calzado de última tecnología, diseñado por ingenieros para optimizar cada zancada. Uno usa una remera de algodón que absorbe el sudor y suma peso. El otro lleva un tejido sintético que reduce la resistencia del aire. Uno entrena en una pista de tierra, el otro en un complejo deportivo con médicos, nutricionistas y preparadores físicos. Uno es más afortunado, con acceso a la tecnología de punta de su equipo; el otro no.
Sin embargo, todos comparten la misma pista, la misma línea de partida y la misma meta.
Esta es la metáfora de nuestra sociedad. La línea de partida no es igual para todos. No porque haya un designio malvado, sino porque la vida es así, desigual en su origen. Algunos nacen en zonas céntricas con bibliotecas a la vuelta de la esquina. Otros, en pueblos alejados donde el único libro que llega es el que vende el kiosquero. Algunos tienen padres que leen y les leen. Otros, apenas saben escribir su nombre.
La ley de precio uniforme del libro es como esa pista compartida. No garantiza que todos ganen la carrera, pero asegura que todos puedan pararse en la línea de largada con igualdad de condiciones. Si una gran cadena puede vender un best seller a mitad de precio en la ciudad, la librería de un pueblo pequeño no puede competir. Y entonces, simplemente, cierra. Y con ella, se va el único punto de acceso a la cultura de toda una comunidad.
La movilidad social, ese concepto tan vapuleado y malentendido, se sostiene sobre tres patas: educación, salud y cultura. Son como las patas de una mesa. Si una se rompe, la mesa se tambalea. Si se rompe la que sostiene la cultura, millones de argentinos quedan afuera del juego.
La cultura no es un lujo para ricos. No es la ópera en el Colón ni la exposición en el Malba. La cultura es, en su forma más básica, el acceso a las historias que nos explican quiénes somos y qué podemos llegar a ser. Un libro en manos de un niño de una villa no es solo un objeto; es una ventana a un mundo que de otra manera nunca conocería. Es la posibilidad de soñar con ser astronauta, científico, escritor. Es la herramienta que permite que un pibe de barrio humilde se pare en la línea de largada con las mismas chances que el hijo de un empresario.
La derogación de la ley del precio uniforme no va a hacer que los libros sean más baratos para todos. Va a hacer que desaparezcan las librerías que no pueden competir con las grandes cadenas. Y esas librerías no están en Palermo o Recoleta. Están en los barrios populares, en las ciudades del interior, en los pueblos donde la cultura es un bien escaso y preciado.
El discurso libertario celebra la desregulación como sinónimo de libertad. Pero ¿qué libertad es esa que solo beneficia a los que ya tienen? ¿Qué libertad es esa que permite al poderoso comprar más barato mientras el débil pierde su único acceso? Esa no es libertad, es la ley de la selva. Es la supervivencia del más fuerte, donde el fuerte es el que tiene el bolsillo más profundo.
La verdadera libertad no es ausencia de regulación. Es presencia de oportunidades. Es poder elegir. Y para elegir, hay que tener opciones. Para tener opciones, la cultura debe estar al alcance de todos. No es lo mismo la libertad de un millonario que puede comprar cualquier libro en cualquier parte del mundo, que la libertad de una familia humilde que depende de que la librería de su barrio pueda seguir abierta.
Pero tampoco caigamos en la trampa del populismo. La solución no es que el Estado regale libros o fije precios por decreto. El problema de la izquierda tradicional es que confunde igualdad con uniformidad. No se trata de que todos tengamos lo mismo, sino de que todos tengamos las mismas oportunidades para conseguir lo que queremos.
El mérito existe. El esfuerzo existe. El talento existe. Y no se debe nivelar por abajo. Un joven que estudia, que se esfuerza, que lee, que trabaja, merece llegar más lejos que otro que no lo hace. No por herencia o apellido, sino por sus propios actos. Eso no es discriminación, es justicia. Es reconocer que el esfuerzo tiene premio y que la mediocridad no debe ser protegida.
Pero para que el mérito tenga sentido, tiene que haber un punto de partida equitativo. La carrera de los 100 metros no es injusta porque algunos corran más rápido; es injusta cuando algunos ni siquiera pueden calzarse las zapatillas.
Quizás el camino no esté ni en la desregulación absoluta ni en el control estatal total. Quizás la solución sea reconocer que el libro no es una mercancía como cualquier otra. Es un bien cultural. Y como tal, merece un tratamiento especial.
Podríamos pensar en un modelo que preserve la competencia y la libertad de precios para el mercado masivo, pero que al mismo tiempo proteja a las librerías independientes de zonas vulnerables. Subsidios directos a librerías en pueblos pequeños, créditos a tasa cero, exenciones impositivas. Mecanismos que no distorsionen el mercado pero que garanticen que ningún argentino, sin importar dónde viva, quede desconectado del mundo del libro y la cultura.
Porque la cultura no es un lujo. Es un derecho. Y es también la herramienta más poderosa que tenemos para construir una sociedad más justa, más equitativa y, sí, más libre.
La Ley 25.542 no es perfecta. Como toda ley, tiene defectos y puede ser mejorada. Pero su espíritu es noble y necesario: proteger el acceso a la cultura para todos, no solo para los que pueden pagarla.
Derogarla sin más, en nombre de una libertad mal entendida, es romper una de las patas de la mesa de la movilidad social. Es decirle a millones de argentinos que su acceso a la cultura no importa. Es cerrar la puerta a los sueños de quienes más necesitan soñar.
Y cuando la mesa se tambalea, cuando la pista de 100 metros tiene la línea de salida marcada con tinta invisible para los más pobres, entonces el mérito deja de ser mérito y la libertad se convierte en privilegio. Y eso, con cualquier ideología que se vista, sigue siendo injusticia.




