El presidente Javier Milei, publicó recientemente una nota de en el Financial Times que encendió el debate global. Su texto no es una simple defensa de la desregulación económica, sino una invitación a repensar las reglas del capitalismo para la era de la inteligencia artificial.
La propuesta es ambiciosa, convertir a la Argentina en el destino más atractivo del mundo para las empresas de IA, tal como Ámsterdam lo fue para el comercio internacional durante el siglo XVII.

Milei parte de una idea provocadora. Según su interpretación histórica, el gran salto del capitalismo no se produjo únicamente gracias a la tecnología, sino por una innovación jurídica.
El 20 de marzo de 1602 se fundó la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Con ella surgió una herramienta fundamental, la sociedad de responsabilidad limitada. A partir de entonces, los inversores podían arriesgar capital sin poner en juego la totalidad de su patrimonio personal.
En palabras del presidente, la prosperidad moderna nació de la combinación entre la máquina y la entidad jurídica. La Revolución Industrial no habría sido posible sin ambas.
Milei sostiene que hoy nos encontramos ante un momento similar. Así como las máquinas multiplicaron la fuerza física humana, la inteligencia artificial multiplicará la capacidad intelectual. Y, del mismo modo que ocurrió hace cuatro siglos, el desafío consiste en crear el marco legal adecuado para que la innovación florezca.
Sobre esa base, el Gobierno impulsa un proyecto de ley apoyado en tres pilares.
El primero es la mínima regulación posible para el desarrollo de la inteligencia artificial. Según la visión presidencial, intervenir demasiado pronto podría sofocar una tecnología cuyo potencial todavía no comprendemos completamente.
El segundo es la creación de una nueva figura jurídica destinada a empresas operadas por agentes autónomos de inteligencia artificial. Estas entidades podrían tomar decisiones empresariales por sí mismas y contarían con responsabilidad limitada, protegiendo a sus accionistas de los riesgos derivados de la actividad.
El tercer pilar es un régimen fiscal altamente competitivo, con baja carga tributaria y amplias libertades corporativas, aunque manteniendo mecanismos de transparencia para identificar a los beneficiarios finales y evitar el ingreso de capitales ilícitos.
La conclusión de Milei es tan clara como desafiante: «Que Buenos Aires se convierta para la IA en lo que Ámsterdam fue para la era de la navegación».
El planteo es intelectualmente atractivo. Sin embargo, la comparación histórica elegida por el presidente deja afuera una parte fundamental de la historia.
Porque cuando se menciona a los Países Bajos del siglo XVII como ejemplo de innovación financiera y comercial, surge una pregunta inevitable ¿no fueron también protagonistas del comercio de esclavos?
La respuesta es sí.
Aunque Portugal y posteriormente Gran Bretaña transportaron una cantidad mayor de personas esclavizadas a lo largo de la historia del Atlántico, los neerlandeses desempeñaron un papel central durante buena parte del siglo XVII.
La Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales, organización hermana de la célebre compañía que Milei toma como modelo, participó activamente en la captura, transporte y comercialización de esclavos africanos.
Los Países Bajos controlaron territorios coloniales en Brasil, el Caribe y Surinam, donde la economía dependía en gran medida del trabajo esclavo. La riqueza acumulada durante la llamada Edad de Oro holandesa no surgió exclusivamente de la innovación financiera, del comercio de especias o de los avances jurídicos. También se construyó sobre el colonialismo, la explotación y la esclavitud.
La propia Ámsterdam se consolidó como uno de los principales centros financieros de una economía global que incluía la financiación y el aseguramiento de expediciones esclavistas.
No se trata de juzgar el pasado con criterios contemporáneos ni de negar el valor histórico de la responsabilidad limitada como innovación jurídica. Lo relevante es comprender que las instituciones que impulsaron el crecimiento económico coexistieron con enormes costos humanos.
Presentar la experiencia neerlandesa únicamente como una historia de creatividad legal y prosperidad económica ofrece una imagen incompleta del proceso histórico. Y esa omisión resulta especialmente importante cuando se pretende utilizar ese ejemplo como guía para diseñar el futuro.
Si Buenos Aires aspira a convertirse en la nueva Ámsterdam de la inteligencia artificial, la cuestión no es solamente cuánto crecimiento económico puede generar esa apuesta. La pregunta también es qué costos podrían quedar ocultos detrás de la promesa de innovación.
¿Quién responderá cuando una inteligencia artificial autónoma provoque daños significativos?
¿Podrían surgir empresas virtuales diseñadas para diluir responsabilidades civiles o penales?
¿Cómo se enfrentarán los efectos de la automatización sobre el empleo?
¿Quién controlará los sesgos y discriminaciones que puedan reproducir los algoritmos?
La historia enseña que las grandes revoluciones económicas suelen generar beneficios extraordinarios, pero también consecuencias que inicialmente pocos quieren ver.
La propuesta de Milei coloca a la Argentina en el centro de uno de los debates más importantes del siglo XXI. Su idea de crear empresas gestionadas por inteligencia artificial y ofrecer un marco regulatorio excepcionalmente flexible constituye una innovación jurídica de enorme alcance. Puede convertirse en una ventaja competitiva inédita o en un experimento con consecuencias difíciles de anticipar.
Lo que resulta indiscutible es que la comparación con la Ámsterdam del siglo XVII obliga a mirar tanto las luces como las sombras de aquella experiencia. Porque la historia demuestra que los marcos legales más innovadores del mundo pueden convivir con profundas desigualdades y graves abusos.
La verdadera discusión, entonces, no es si la inteligencia artificial necesita nuevas reglas. La discusión es quién asumirá los riesgos cuando esas reglas fallen. Y, sobre todo, para quiénes estará realmente limitada la responsabilidad en el mundo que viene.
Argentina conoce mejor que muchos países el costo de los experimentos económicos. A lo largo de más de dos siglos de vida independiente, distintas generaciones han escuchado promesas de prosperidad inminente, recetas definitivas y modelos importados que prometían resolver problemas estructurales. Los resultados, en demasiadas ocasiones, fueron nuevas frustraciones, crisis recurrentes y oportunidades perdidas.
La apuesta de Milei busca romper con esa historia. Sus defensores sostienen que el país debe asumir riesgos para dejar atrás décadas de estancamiento. Sus críticos advierten que la innovación sin suficientes resguardos puede generar problemas tan profundos como aquellos que pretende resolver.
La pregunta queda abierta y trasciende a la inteligencia artificial, al liberalismo o a cualquier gobierno en particular ¿está dispuesta la actual generación de argentinos a embarcarse en un nuevo experimento económico después de más de dos siglos de fracasos, desencantos y postergaciones? La respuesta, como tantas veces en nuestra historia, no la dará la teoría sino los hechos.




