Vivimos una era de intensos debates públicos, donde los conceptos de lo «políticamente correcto» e «incorrecto» actúan como tribunales morales del presente. Sin embargo, esta lógica, cuando se aplica de forma anacrónica a la historia, no solo nubla nuestra comprensión del pasado, sino que abre la puerta a distorsiones políticamente rentables. La verdadera perspectiva crítica no consiste en juzgar el ayer con la lente de hoy –como si los próceres hubieran tenido la opción de consultar Twitter–, sino en comprender la ética de cada época para, desde allí, evaluar el legado y sus consecuencias.
Este fenómeno adopta dos caras peligrosas y complementarias. Por un lado, observamos cómo algunos grupos instrumentalizan hechos históricos para culpar a sectores sociales actuales, creando un relato maniqueo que proyecta antagonismos del pasado sobre chivos expiatorios del presente. Se busca una responsabilidad lineal y fácil, en lugar de entender la madeja de causas estructurales.

Por otro lado, asistimos a una sobreactuación del indigenismo en ciertos sectores que, con una (hipotética) bienintencionada pero acrítica mirada, amalgaman la reivindicación legítima de los pueblos originarios con las problemáticas de las «tribus urbanas» y los sectores postergados. Al mezclar realidades sociológicas distintas bajo una misma bandera de «oprimidos», se trivializa la cultura específica de los pueblos originarios y se diluye el análisis concreto de la pobreza contemporánea. Es como hacer una milanesa de soja con todas las salsas: al final, no se saborea nada bien y se indigesta el debate.
Ambos casos son síntomas de un mismo mal, la incapacidad de navegar la complejidad histórica y social, un déficit que tiene su caldo de cultivo en el profundo deterioro educativo que padecemos.
¿Regulación progresista o control disfrazado? Pensemos en la oportunidad histórica de las leyes.
Toda ley nace en un contexto socioeconómico y cultural específico. Son herramientas que una sociedad se da para resolver problemas percibidos como urgentes. El desafío es doble: entender por qué esa ley era considerada necesaria entonces, y al mismo tiempo criticar sus fundamentos y efectos a la luz de valores humanos universales.
Tomemos como ejemplo la Ley de Vagos de octubre de 1860 en Argentina. En su contexto, era una respuesta «correcta» para una elite preocupada por el orden, el progreso y la moralidad pública. Buscaba disciplinar a una población que no se integraba al modelo de trabajo asalariado y urbanización que se impulsaba, sumando además mano de obra económica y soldados forzosos (levas) para detener los malones en la frontera. Desde nuestra perspectiva actual, es fácil condenarla como una herramienta de control social. La crítica válida no es tildarla de «incorrecta», sino analizar cómo el Estado utilizó el aparato legal para moldear una ciudadanía a su imagen, a expensas de los más vulnerables.
La conocida Ley Crotto, en realidad un decreto de 1920, proporcionaba pasajes de tren gratuitos a los trabajadores de la cosecha (los «crotos»). Si bien podía verse como una medida social, también puede analizarse como un mecanismo para facilitar un flujo de mano de obra barata y dependiente, útil para el modelo agroexportador de la época. Un modelo que, vale notar, retornó con fuerza desde 2004, marcando una creciente dependencia de la soja y un proceso de desindustrialización. La historia es así de incómoda: hasta lo que parece progresista puede tener un costado de control, y los modelos económicos a menudo se repiten bajo nuevas formas.
La ética de época vs. el juicio anacrónico: Roca, Rosas y el «efecto fútbol»
Este es quizás el terreno más pantanoso. La Campaña al Desierto del General Julio A. Roca es, con razón, señalada como un genocidio y un etnocidio. Sin embargo, es llamativo—y revelador de nuestro deterioro educativo—que esta crítica a menudo omita, por desconocimiento, la trayectoria de Juan Manuel de Rosas.
Rosas, décadas antes, llevó a cabo campañas similares con una brutalidad equivalente o mayor. Sus seguidores hoy lo reivindican como un defensor de la soberanía, omitiendo este capítulo sangriento. Quienes critican a Roca omitiendo a Rosas (y viceversa) caen en un anacronismo simplista: buscan «héroes» y «villanos» absolutos. La historia es más incómoda: ambos, en sus contextos, aplicaron la «solución» que la clase dirigente consideraba necesaria para expandir la frontera ganadera y consolidar el Estado nacional. Comprender esto no es justificarlo; es entender que el problema fue estructural. Juzgarlos con nuestra moral actual sin entender la de su tiempo es un ejercicio tan estéril como patear un penal con los ojos cerrados. La crítica profunda está en analizar el proyecto de país que se construyó sobre ese despojo, y cuyas consecuencias perduran.
El desprecio por el conocimiento: cuando la ignorancia es un orgullo (y un título)
Este divorcio con la complejidad histórica no es casual. Es síntoma de un fenómeno más profundo: la crisis del sistema educativo y la creciente valoración de la ignorancia. Es sintomático que un gobernador en funciones se ufane de haber cursado sus estudios universitarios sin haber leído un solo libro. Esta declaración, que en otra época habría sido un escándalo, hoy es enunciada con orgullo como un gesto de «sentido común» anti-intelectual. Es el equivalente académico a alardear de haber cocinado un guiso sin olla.
Esta anécdota no es un hecho aislado, sino la punta de un iceberg. El deterioro educativo comprobado en las pruebas PISA muestra una generación con serias dificultades para comprender textos, razonar críticamente y contextualizar información. Sin estas herramientas, ¿cómo distinguir entre juzgar un hecho histórico con perspectiva y simplemente cancelarlo con un rótulo? Es como intentar armar un rompecabezas de 1000 piezas con solo diez en la mano.
PENSAR NO DUELE, INCOMODA A ALGUNOS
El debate sobre lo políticamente correcto, trasladado a la historia, es un callejón sin salida si solo sirve para señalar culpables del pasado con los que nos sentimos moralmente superiores. La verdadera función de la historia es iluminar nuestro presente.
Necesitamos abandonar la comodidad de los juicios anacrónicos. Critiquemos las leyes y las campañas del pasado no porque fueran «incorrectas» para nuestro tiempo, sino porque sus fundamentos éticos, incluso para su época, pueden cuestionarse, y sus consecuencias, muchas veces, fueron catastróficas para los perdedores de la historia.
Superar esta crisis requiere, urgentemente, reivindicar el valor del conocimiento, la lectura y el pensamiento crítico. Solo un pueblo que conoce y comprende su historia en toda su complejidad está en condiciones de no repetir sus errores.
Que alguien te diga lo que querés escuchar, no lo convierte en verdad. Posiblemente sea una construcción pensada para manipularte. Circula desde hace décadas un listado de “diez verdades”. La historia registrada y documentada da por tierra cada una de ellas.
Que el cuarto oscuro te ilumine. Que la urna te acompañe.




